Aquella tarde gris todo cambio, ella derramo sus últimas lágrimas y se juró no volver a llorar por alguien que no valoraría sus besos, sus abrazos, ella se hizo fría, en su alma solo habitaba la tristeza, estaba muerta, ya no sentía, y la soledad era su única amiga, nunca confió en la gente, ni siquiera en su madre, la que tantas veces le repetía que no servía para nada, ella la que soñaba con algún día dejar de ser la niña estúpida que se preocupaba por quien no debía, esa tonta que lloraba cada noche incumpliendo su juramento, recordando el daño que le habían causado, ese daño que quizás ella misma había permitido que le causaran, vivía de apariencias, en una bola de mentiras, ella era la niña rara, la que no sentía, la que no lloraba, a la que todo le daba igual, pero es que la verdad nadie la conocía, ella era la que hundía su dolor en un par de botellas, las cuales parecían entenderla, cada noche junto a su ventana admirando las estrellas, hablándole a la luna, sus únicas compañeras en la soledad que albergaba su corazón, ella mirando al cielo y pidiendo deseos, deseos que nunca se cumplieron, deseos que le creaban ilusión, ilusión que luego se rompía, pasaban los días y su rutina la consumía, sentía no poder soportar más, buscaba algo por lo que sentir, y lo único que encontró fue el sonido del silencio, silencio que asustaba, silencio que se perdía cada vez que ella lloraba, ella la que tuvo que aparentar ser fuerte, ella la que engañaba a todos con su sonrisa vacía, ella la que se marchaba a aquel lugar donde nadie la encontraba, ella la quiso desaparecer miles de veces de este mundo, pero nunca lo lograba.
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